viernes, diciembre 08, 2006

Tránsito musical
Una rara experiencia radiofónica

Pasé la noche en un dormitar suave solo comparable al de una dulce melodía. Un son de ángeles que me acariciaba los sentidos. Un sueño que, aunque frágil, me hacía estremecer. La música parecía de alguna despedida escuchada en un tiempo lejano. De súbito, un estruendo interrumpió mi viaje por aquel paraíso melódico. El viejo cascarrabias de lata me hizo saltar de la cama y, aún con los párpados pegados, logré alcanzar la mesilla en un escorzo encaminado a hacer desaparecer tal escándalo. En tal proceso tuve tiempo de destrozar el vaso que anoche dejé sobre la mesilla. El crujir de cristales y el olor a whisky me despertaron los sentidos por completo. De un salto me incorporé sin tener en cuenta las propiedades de los cristales rotos. El tajo dejó tras de sí una estela granate. Limpié la herida y coloqué un apósito para contener la hemorragia.
Abrí la ventana del motel donde había pasado la noche. Abajo los obreros picoteaban testarudos el asfalto con sus martillos neumáticos. Tuve la sensación de que el día iniciado no me iba a traer mejores momentos que el de ayer.
Caminé hasta la estación de metro para llegar lo antes posible a la oficina. De San Andrés a Place
des Vosges había siete paradas. Los rostros eran, aunque diferentes, los de siempre. Miradas
perdidas, señoras con sus carros y bolsas; niñas de uniforme y cara inocente; y algún mendigo
recién levantado que, como yo, pasó la noche bebiendo. Pensé no subir al tren y no ir a la oficina.
Recorrer el otoño de París refugiado en mi paraguas en busca de algo mejor que hacer.
La estructura metálica produjo un chirrido insoportable. Llegaba el metro.
Subí al vagón y tras pisar sobre el firme tuve la sensación de haber pasado por un charco. Mi pié
seguía sangrando.
Una joven me dejó su plaza. El tren se puso en marcha y por un momento me sentí desfallecer.
Había dejado un rastro de sangre tras de mi. Como un macabro río se extendía desde la puerta hasta mi asiento. Decidí bajar en Avisses, tres paradas antes de Vosges.
Un soplo de aire fresco me dio energías renovadas. El dolor de cabeza remitía por momentos y al caminar olvidaba el pesimismo de aquella mañana.
Mientras subía las escaleras de la estación iba olvidando también el fluido vital que mojaba ya la pernera del pantalón. Todo iba poco a poco perdiendo su carácter de imprescindible. Mi corbata quedó apoyada en el manillar de una bicicleta. Mi maletín y chaqueta duraron apenas unos segundos en soledad a la salida del metro. Un par de jóvenes dieron cuenta de ellos y echaron a correr. Las caras se iban equiparando unas a otras y un extraño reclamo parecía guiarme por la ciudad con un rumbo desconocido aunque inevitable.
Pensé que estaba perdiendo mucha sangre, pero mi instinto podía más que mi razón.
Caminé durante media hora. Rumbo fijo. Mis pasos se hacían cada vez más pausados. No me preocupaba el pié. Sólo quedaba un último esfuerzo. Ansiaba llegar a mi destino. La oficina quedaba lejos. Detestaba aquel nido de buitres, aunque era el único sitio en donde mi vida cobraba un sentido.
Crucé por Bastille y todo se volvió de una luminosidad lechosa.
Mi vista se nubló. Ese abrir y cerrar de ojos debió ser toda una vida. Al instante recuperé la visión. Ningún vehículo. No había dolor en mi pié. Los árboles dejaban caer sus hojas muertas sobre la acera. Una acera vacía. La escena me trajo a la memoria un cuadro de Edvard Munch. El dolor había desaparecido. Al mirar mi pié descubrí que junto con él dolor, también mis ropas habían desaparecido. Corrí a refugiar mi desnudez tras unos setos. Grité buscando respuesta pero todo fue inútil. Ni yo mismo podía escuchar nada. El aire de mis pulmones no provocaba alteraciones en el ambiente. Ni frío ni calor. Mis sentidos parecían estar presos de un coma consciente.
Poco a poco fue llegando a mis oídos la melodía acompasada de un Cortége. Las notas me fueron guiando hasta una ventana próxima. Miré y reconocí los muebles, las cortinas y la cama donde dormí los años en que mi mujer vivía conmigo. Iba vestida de negro. Mi cuerpo yacía inerme sobre la cama. Una cicatriz en mi cara indicaba que ésta había sido reconstruida. La melodía marcaba sus últimos compases.
Abrí los ojos obligado por el estruendo metálico del despertador. La radio seguía encendida y la sintonía anunciaba el noticiero de las 8:00. Acompañada por un son de despedida la periodista daba el avance de un suceso ocurrido esta misma mañana en las calles de París:
“Le Directeur de la société informatique TRESS, Mario Salcillo, a perdu ce matin la vie après des coups en bas, des Parents, des compagnons et les amis disent une prière pour son l'âme”.
¿Has vivido algo parecido? Cuéntamelo!

2 comentarios:

Bettina Perroni dijo...

Lo que son los sueños. Yo sueño a colores y en blanco en negro y por raro que parezca, tengo una capacidad tremenda para manipularlos jaja... quiero decir, si quiero que el ladrón se detenga, se detiene, que siga, sigue y me acuerdo casi de todos los sueños... aunque hay algunos que en recuerdo sobre salen más que otros.

Por cierto, igual anoche me quedé dormida escuchando música... fue igualmente un descanso celestial.

Saluditos,

CN dijo...

Es una suerte poder manejar a tu antojo los sueños. Yo recuerdo cada día lo que sueño pero no puedo controlarlos y me levanto agotado. Los sueños son un misterio que en ocasiones inspira buenas historias.
Un saludo!