martes, diciembre 19, 2006
domingo, diciembre 17, 2006
Por las tardes, casi al, y cuando no había escuela, yo solía correr a la casa del Abuelo para ayudarle a bajar hasta la playa, donde a su alrededor nos sentábamos Lucio y yo, y esperábamos a que hablara. Para mí él era nuestro Mesías de los sueños. Nos contaba historias de elfos, de duendes y de sirenas. Algunos días cazábamos gamusinos por la playa. El abuelo nos decía: "el que sea capaz de ver un gamusino tendrá suerte durante muchos años, y si lo caza, tendría la sabiduría de un Dios y la fuerza de siete hombres". Al parecer muy poca gente había cazado gamusinos. Siempre escapaban entre la arena o por el agua, los gamusinos no tenían frío.
En la escuela el profesor Franchesco me dijo una vez que no debía creer demasiado esas historias porque eran inventadas como las de cuando leíamos, y que, cuando me trasladara a la ciudad, se reirían de mí si contaba esas cosas. La ciudad no nos gustaba, Don Franchesco vivía allí y un día nos llevó de excursión. No había muchos árboles. El ruido de la muchedumbre y los gruñidos de los coches no dejaban en paz a los pájaros. Allí todo era muy grande y tupido. Los edificios no dejaban llegar la luz al suelo y, aunque no hubiera nubes, el cielo parecía turbio y gris. Ni siquiera en el mercado que venía todos los meses al pueblo se reunía tanta gente.
El mar de la ciudad era negro y duro, y sus barcos echaban mucho humo, allí no podrían vivir sirenas, ni mucho menos gamusinos que eran muy asustadizos.
Por la noche, tras la excursión escolar Lope y yo fuimos a casa del Abuelo para contarle que habíamos estado en la ciudad. Entramos en su casa, y allí estaba él, sentado y pensativo. Nos sentamos en su jergón junto a la mecedora, él nos observaba en silencio, su roja barba y su cara estriada, con sus labios entreabiertos y sus penetrantes ojos mirándonos, le daban al Abuelo un aspecto omnisciente.
Recuerdo que ese día no bajamos a la playa, el abuelo parecía enfermo y el frío empezaba a hacerse notar.
En el pueblo mucha gente vivía de la pesca, Lucio era medio pescador y tenía una media barcaza atada en la playa, junto a los peñascos.
Esa noche yo estaba triste, Lucio y má habían discutido. Siempre que había luna llena discutían, má no le dejaba ir a pescar.
Pregunté al Abuelo por qué má no dejaba pescar a Lucio en los días de luna llena, y él me contó que las sirenas venían cerca de la costa cuando se escondía la luna, pero que cuando había luna llena se marchaban a alta mar, donde se pesca, y contaban que una vez un pescador en una noche de luna, y tras ver una sirena, tal vez enloquecido por la belleza de esta, o por pensarla una mujer en apuros se lanzó al agua, en donde las sirenas le tomaron como esclavo para que pagara así su deuda con el mar. -“Por eso entonces má no deja salir a mi hermano Lucio los días de luna llena”.
Tras su explicación me levanté, y con cuidado de no perturbar la paz en la que el Abuelo quedaba siempre después de sus historias, cerré la puerta y me fui a casa.
Días después el Abuelo empeoró, y Don Franchesco nos avisó que faltaría a clase unos días para llevarle a la ciudad.
Una turbia congoja hizo mella en mi estomago, y sentí que los ojos se me llenaban de lagrimas. Algo se desgarraba en mi interior. -“Al mundanal ruido, donde el mar es negro y no existen los elfos, ni las sirenas ni los gamusinos, donde el sol no calienta y los pájaros no hablan”-.
“Tranquila Celia, las niñas de siete años no lloran”- dijo Don Franchesco.
Supe entonces que jamas volvería a ver al Abuelo.
jueves, diciembre 14, 2006
Hoy he conocido gente interesante. José Luis Orihuela, de e-cuaderno, José Luis González, de Periodista digital, Pau Llop, de Nxtmdia, Fernando Morales, de Informativos Telecinco.com y Adriano Morán, de Jabalí digital. Todos ellos han dejado su experiencia en la Universidad Católica de Murcia en el Ucam Media Lab sobre comunicación, medios y sociedad.
El mundo me ha venido dando la espalda –como a muchos otros soñadores- de modo que quizás ya nunca alcance a ver su rostro. Un rostro de seguro ajado por el goteo de los días.
Se suceden las lunas y las lágrimas se van secando. Hoy me ahoga la certeza de que lo único que puede aspirar a ser eterno es el ruido del mar sobre los cantos ya gastados. Un mar que contrasta con mi turbación. Sereno, humilde sobre el que se alzan en la lejanía dos enormes moles de hierro y humo.
En este rincón de piedras grandes, pulidas de tantas caricias, uno se siente abrazar por dos grandes lenguas de montaña que avanzan dejándose penetrar por un agua clara y tibia.
La luna, casi llena, presidió aquel instante.
Bendita aquella noche en que miraba desde su oscuro reino testigo fiel de mi destino. Maldita esta noche en que conmigo despierta mi pluma y mis miedos. Esos que creía a salvo bajo la misma llave oculta que me mantiene en estas cuatro paredes, preso por mi crueldad.
Aquel amanecer no fue triste.
- Mañana tomo un tren a San Sebastián. Dijo.
- A ningún lugar. Pensé.
Dejé resbalar mi mano por su espalda y ella acercó su rostro húmedo al mío. Y en el amor, en la traición, acerté en la boca del estómago que -humilde y sumiso- se abrió penetrado por la mortífera herramienta. A penas un último vistazo a quien le estaba dando muerte. Sin rencor, decepción, sorpresa quizás, pero no odio. Nerea cerró los ojos. Su cuerpo cedió poco a poco a una muerte segura. Allí quedó sobre aquellas rocas pulidas de tantas caricias.

