martes, diciembre 19, 2006

Portabilidad!!!

Mi teléfono móvil es un travieso. Me lo regaló mi hermano hace unos meses y me puse muy contento, ya que se trata del uno de los últimos modelos de Nokia; bluetooth, 3G, Gps para el coche y todas esas cosas que nunca he usado pero que están ahí y seguro que un día de estos me serán de gran utilidad. Sin embargo, desde hace unos meses, mi teléfono envía por su cuenta mensajes multimedia a otros teléfonos. No se de donde salen ni hacia que terminales van y lo peor de todo desconocía si me los estaban cobrando.
Bueno, llamaré al teléfono de atención al cliente de Movistar y allí alguien amable y comprensivo me informará de la situación de mi factura", pobre iluso... Resulta que cuando marcas el 609, número de información, lo primero que oyes es una cacofónica promoción navideña que deja paso a un contestador que te pregunta cuál es el motivo de la llamada:
- Pues mire, problemas con mi teléfono. Digo yo.
- "No le entiendo, repita con voz clara el motivo de su llamada", dice el aparato. Y yo voy haciendo la pregunta más escueta y clara.
- Problemas teléfono.
-"No le entiendo, repita con voz clara el motivo de su llamada". Y yo viendo que el contestador no es capaz de comprender frases complizadas le simplifico aún más.
-!Vete a la mierda!, le digo. Se obra el milagro el aparato se ofende.
- "Si no tiene ninguna pregunta sobre su servicio Movistar la llamada concluye aquí."
Visto el desplante y con mi teléfono enfermo, decido volver a intentarlo y marco de nuevo el 609. Me empapo de la promoción....y oigo de nuevo a mi amigo el contestador ofendido que me pregunta de nuevo cuál es el motivo de mi llamada.
Pienso que será mejor ser directo, no andarme con rodeos e ir a la cuestión que más valoran las telefónicas. Le digo al contestador automático la palabra mágica para lograr que personas hablen con personas. Doce letras que hace que se enciendan todas las alertas del contestador y rápidamente alguien se lance a atender a los que pagamos.
-!PORTABILIDAD!
De inmediato contesta un amable señor con acento argentino que me informa de que esos mensajes no están registrados en mi factura y que para cualquier otra consulta le tengo a su entera disposición como humano y trabajador que es, siempre al servicio del cliente.
Ya sabéis, PORTABILIDAD, BAJA, LIQUIDACIÓN, si queréis que alguien os atienda en el servicio de atención al cliente de Movistar.

domingo, diciembre 17, 2006

Las niñas de siete años

Recuerdo muchas cosas de cuando era una pequeña querubín de siete años. Las callejas del pueblo, los pedregales, la escuela y el profesor Franchesco, pero sobre todo recuerdo al Abuelo. No era un abuelo cualquiera él era el abuelo de todos, con su barba roja y su viejo sombrero gris. Era el mayor del pueblo.
Por las tardes, casi al, y cuando no había escuela, yo solía correr a la casa del Abuelo para ayudarle a bajar hasta la playa, donde a su alrededor nos sentábamos Lucio y yo, y esperábamos a que hablara. Para mí él era nuestro Mesías de los sueños. Nos contaba historias de elfos, de duendes y de sirenas. Algunos días cazábamos gamusinos por la playa. El abuelo nos decía: "el que sea capaz de ver un gamusino tendrá suerte durante muchos años, y si lo caza, tendría la sabiduría de un Dios y la fuerza de siete hombres". Al parecer muy poca gente había cazado gamusinos. Siempre escapaban entre la arena o por el agua, los gamusinos no tenían frío.
En la escuela el profesor Franchesco me dijo una vez que no debía creer demasiado esas historias porque eran inventadas como las de cuando leíamos, y que, cuando me trasladara a la ciudad, se reirían de mí si contaba esas cosas. La ciudad no nos gustaba, Don Franchesco vivía allí y un día nos llevó de excursión. No había muchos árboles. El ruido de la muchedumbre y los gruñidos de los coches no dejaban en paz a los pájaros. Allí todo era muy grande y tupido. Los edificios no dejaban llegar la luz al suelo y, aunque no hubiera nubes, el cielo parecía turbio y gris. Ni siquiera en el mercado que venía todos los meses al pueblo se reunía tanta gente.
El mar de la ciudad era negro y duro, y sus barcos echaban mucho humo, allí no podrían vivir sirenas, ni mucho menos gamusinos que eran muy asustadizos.
Por la noche, tras la excursión escolar Lope y yo fuimos a casa del Abuelo para contarle que habíamos estado en la ciudad. Entramos en su casa, y allí estaba él, sentado y pensativo. Nos sentamos en su jergón junto a la mecedora, él nos observaba en silencio, su roja barba y su cara estriada, con sus labios entreabiertos y sus penetrantes ojos mirándonos, le daban al Abuelo un aspecto omnisciente.
Recuerdo que ese día no bajamos a la playa, el abuelo parecía enfermo y el frío empezaba a hacerse notar.
En el pueblo mucha gente vivía de la pesca, Lucio era medio pescador y tenía una media barcaza atada en la playa, junto a los peñascos.
Esa noche yo estaba triste, Lucio y má habían discutido. Siempre que había luna llena discutían, má no le dejaba ir a pescar.
Pregunté al Abuelo por qué má no dejaba pescar a Lucio en los días de luna llena, y él me contó que las sirenas venían cerca de la costa cuando se escondía la luna, pero que cuando había luna llena se marchaban a alta mar, donde se pesca, y contaban que una vez un pescador en una noche de luna, y tras ver una sirena, tal vez enloquecido por la belleza de esta, o por pensarla una mujer en apuros se lanzó al agua, en donde las sirenas le tomaron como esclavo para que pagara así su deuda con el mar. -“Por eso entonces má no deja salir a mi hermano Lucio los días de luna llena”.
Tras su explicación me levanté, y con cuidado de no perturbar la paz en la que el Abuelo quedaba siempre después de sus historias, cerré la puerta y me fui a casa.
Días después el Abuelo empeoró, y Don Franchesco nos avisó que faltaría a clase unos días para llevarle a la ciudad.
Una turbia congoja hizo mella en mi estomago, y sentí que los ojos se me llenaban de lagrimas. Algo se desgarraba en mi interior. -“Al mundanal ruido, donde el mar es negro y no existen los elfos, ni las sirenas ni los gamusinos, donde el sol no calienta y los pájaros no hablan”-.
“Tranquila Celia, las niñas de siete años no lloran”- dijo Don Franchesco.
Supe entonces que jamas volvería a ver al Abuelo.
Hoy aún creo en el reino de Olar, y en los viajes de Julio Verne, y claro está que hubo una vez un hombre llamado Don Camilo que sí que debió cazar gamusinos.

jueves, diciembre 14, 2006

Éxito del UCAM Media Lab

Hoy he conocido gente interesante. José Luis Orihuela, de e-cuaderno, José Luis González, de Periodista digital, Pau Llop, de Nxtmdia, Fernando Morales, de Informativos Telecinco.com y Adriano Morán, de Jabalí digital. Todos ellos han dejado su experiencia en la Universidad Católica de Murcia en el Ucam Media Lab sobre comunicación, medios y sociedad.
La eclosión del periodismo 3.0, el papel de las bitácoras o blogs y la necesaria evolución de los medios tradicionales han sido las líneas seguidas por estos conferenciantes a la hora de enseñarnos, a los alumnos de periodismo, lo singular de sus experiencias en el mundo de la comunicación. Desde que José Manuel Noguera, creador de La Azotea, nos mostrara que existen espacios como éste que utilizo para comunicarme, a penas conocía la existencia de páginas personales, y desconocía por completo la existencia de los blogs. Desde el momento que comencé a escribir este espacio no he terminado de encontrar un estilo y la mayor parte de los conferenciantes que han participado en el Ucam Media Lab coinciden en que una bitácora debe ser especializada y además el bloger ha de disfrutar escribiéndola. Hasta ahora he tratado temas muy dispares en Los Alisios y creo que, a partir de ahora, me centraré en aquello que manejo con más soltura y con lo que -seguro- disfruto más. Espero vuestra opinión y colaboración.
Caricias y puñales


El mundo me ha venido dando la espalda –como a muchos otros soñadores- de modo que quizás ya nunca alcance a ver su rostro. Un rostro de seguro ajado por el goteo de los días.
Se suceden las lunas y las lágrimas se van secando. Hoy me ahoga la certeza de que lo único que puede aspirar a ser eterno es el ruido del mar sobre los cantos ya gastados. Un mar que contrasta con mi turbación. Sereno, humilde sobre el que se alzan en la lejanía dos enormes moles de hierro y humo.
En este rincón de piedras grandes, pulidas de tantas caricias, uno se siente abrazar por dos grandes lenguas de montaña que avanzan dejándose penetrar por un agua clara y tibia.
La luna, casi llena, presidió aquel instante.
Bendita aquella noche en que miraba desde su oscuro reino testigo fiel de mi destino. Maldita esta noche en que conmigo despierta mi pluma y mis miedos. Esos que creía a salvo bajo la misma llave oculta que me mantiene en estas cuatro paredes, preso por mi crueldad.
Aquel amanecer no fue triste.


- Mañana tomo un tren a San Sebastián. Dijo.
- A ningún lugar. Pensé.

Dejé resbalar mi mano por su espalda y ella acercó su rostro húmedo al mío. Y en el amor, en la traición, acerté en la boca del estómago que -humilde y sumiso- se abrió penetrado por la mortífera herramienta. A penas un último vistazo a quien le estaba dando muerte. Sin rencor, decepción, sorpresa quizás, pero no odio. Nerea cerró los ojos. Su cuerpo cedió poco a poco a una muerte segura. Allí quedó sobre aquellas rocas pulidas de tantas caricias.