Hoy he conocido gente interesante. José Luis Orihuela, de e-cuaderno, José Luis González, de Periodista digital, Pau Llop, de Nxtmdia, Fernando Morales, de Informativos Telecinco.com y Adriano Morán, de Jabalí digital. Todos ellos han dejado su experiencia en la Universidad Católica de Murcia en el Ucam Media Lab sobre comunicación, medios y sociedad.
jueves, diciembre 14, 2006
Hoy he conocido gente interesante. José Luis Orihuela, de e-cuaderno, José Luis González, de Periodista digital, Pau Llop, de Nxtmdia, Fernando Morales, de Informativos Telecinco.com y Adriano Morán, de Jabalí digital. Todos ellos han dejado su experiencia en la Universidad Católica de Murcia en el Ucam Media Lab sobre comunicación, medios y sociedad.
El mundo me ha venido dando la espalda –como a muchos otros soñadores- de modo que quizás ya nunca alcance a ver su rostro. Un rostro de seguro ajado por el goteo de los días.
Se suceden las lunas y las lágrimas se van secando. Hoy me ahoga la certeza de que lo único que puede aspirar a ser eterno es el ruido del mar sobre los cantos ya gastados. Un mar que contrasta con mi turbación. Sereno, humilde sobre el que se alzan en la lejanía dos enormes moles de hierro y humo.
En este rincón de piedras grandes, pulidas de tantas caricias, uno se siente abrazar por dos grandes lenguas de montaña que avanzan dejándose penetrar por un agua clara y tibia.
La luna, casi llena, presidió aquel instante.
Bendita aquella noche en que miraba desde su oscuro reino testigo fiel de mi destino. Maldita esta noche en que conmigo despierta mi pluma y mis miedos. Esos que creía a salvo bajo la misma llave oculta que me mantiene en estas cuatro paredes, preso por mi crueldad.
Aquel amanecer no fue triste.
- Mañana tomo un tren a San Sebastián. Dijo.
- A ningún lugar. Pensé.
Dejé resbalar mi mano por su espalda y ella acercó su rostro húmedo al mío. Y en el amor, en la traición, acerté en la boca del estómago que -humilde y sumiso- se abrió penetrado por la mortífera herramienta. A penas un último vistazo a quien le estaba dando muerte. Sin rencor, decepción, sorpresa quizás, pero no odio. Nerea cerró los ojos. Su cuerpo cedió poco a poco a una muerte segura. Allí quedó sobre aquellas rocas pulidas de tantas caricias.
domingo, diciembre 10, 2006
Un reloj no puede marcar el paso del tiempo eternamente
No soporto el ruido que producen estas máquinas perversas. Lo que más me molesta no es el incesante click click de los relojes de toda la vida, lo peor es el silencio que marca cada segundo. Es terrible la incertidumbre que produce pensar que en cualquier momento se va a parar. Ese martilleo inhumano parece incansable pero es sólo una ilusión. Tampoco un corazón puede latir eternamente y vivir todos los segundos.
viernes, diciembre 08, 2006

Y, de repente... Oyes las gaitas tocando al compás de los tambores, abres los ojos y descubres el verde frescor del prado, su brisa te llega como aliento del cielo, como del mismísimo cielo. Tus pupilas tardan en asimilar tanta claridad. Te embarga una sensación de extrema salud, de bienestar, de poder abarcar todo con la mirada, hasta el horizonte. Como si el gusano de la buenaventura se deslizara por tus entrañas y estallara en tu interior en espléndidos fuegos artificiales, todo puro, infinitamente puro, todo en su sitio exacto, como si de un sueño se tratara. ¡Sueño!.
La bestia duerme tranquila, reposa su banquete. Ahora es tu oportunidad: ¡Corre, huye! Un momento, espera, la bestia debe estar soñando. Aguarda en la puerta, y cuando despierte de su sangriento sueño y haya despedazado ya las gaitas, los tambores, cuando haya arrasado los prados, secado los ríos, y descubra que todo ha sido un sueño, deja que se consuma en la llama de la desilusión y de la desgana, obsérvalo sentado bajo la cruz de la vergüenza, encerrado aquí en su oscura cueva, con nada que comer ni con nadie a quien torturar. Sueño.Tus ojos se abren y de nuevo contemplas a la oscura bestia, sólo que ahora ríe con desprecio, y se relame de su golosina inocente. Sólo te queda sentarte y esperar que todo termine. Ya no oyes gaitas ni tambores, tan solo las gotas del deshielo.
Abrí la ventana del motel donde había pasado la noche. Abajo los obreros picoteaban testarudos el asfalto con sus martillos neumáticos. Tuve la sensación de que el día iniciado no me iba a traer mejores momentos que el de ayer.
Caminé hasta la estación de metro para llegar lo antes posible a la oficina. De San Andrés a Place
Subí al vagón y tras pisar sobre el firme tuve la sensación de haber pasado por un charco. Mi pié
Un soplo de aire fresco me dio energías renovadas. El dolor de cabeza remitía por momentos y al caminar olvidaba el pesimismo de aquella mañana.
Mientras subía las escaleras de la estación iba olvidando también el fluido vital que mojaba ya la pernera del pantalón. Todo iba poco a poco perdiendo su carácter de imprescindible. Mi corbata quedó apoyada en el manillar de una bicicleta. Mi maletín y chaqueta duraron apenas unos segundos en soledad a la salida del metro. Un par de jóvenes dieron cuenta de ellos y echaron a correr. Las caras se iban equiparando unas a otras y un extraño reclamo parecía guiarme por la ciudad con un rumbo desconocido aunque inevitable.
Pensé que estaba perdiendo mucha sangre, pero mi instinto podía más que mi razón.
Caminé durante media hora. Rumbo fijo. Mis pasos se hacían cada vez más pausados. No me preocupaba el pié. Sólo quedaba un último esfuerzo. Ansiaba llegar a mi destino. La oficina quedaba lejos. Detestaba aquel nido de buitres, aunque era el único sitio en donde mi vida cobraba un sentido.
Crucé por Bastille y todo se volvió de una luminosidad lechosa.
Mi vista se nubló. Ese abrir y cerrar de ojos debió ser toda una vida. Al instante recuperé la visión. Ningún vehículo. No había dolor en mi pié. Los árboles dejaban caer sus hojas muertas sobre la acera. Una acera vacía. La escena me trajo a la memoria un cuadro de Edvard Munch. El dolor había desaparecido. Al mirar mi pié descubrí que junto con él dolor, también mis ropas habían desaparecido. Corrí a refugiar mi desnudez tras unos setos. Grité buscando respuesta pero todo fue inútil. Ni yo mismo podía escuchar nada. El aire de mis pulmones no provocaba alteraciones en el ambiente. Ni frío ni calor. Mis sentidos parecían estar presos de un coma consciente.
Poco a poco fue llegando a mis oídos la melodía acompasada de un Cortége. Las notas me fueron guiando hasta una ventana próxima. Miré y reconocí los muebles, las cortinas y la cama donde dormí los años en que mi mujer vivía conmigo. Iba vestida de negro. Mi cuerpo yacía inerme sobre la cama. Una cicatriz en mi cara indicaba que ésta había sido reconstruida. La melodía marcaba sus últimos compases.
Abrí los ojos obligado por el estruendo metálico del despertador. La radio seguía encendida y la sintonía anunciaba el noticiero de las 8:00. Acompañada por un son de despedida la periodista daba el avance de un suceso ocurrido esta misma mañana en las calles de París:
“Le Directeur de la société informatique TRESS, Mario Salcillo, a perdu ce matin la vie après des coups en bas, des Parents, des compagnons et les amis disent une prière pour son l'âme”.

